jueves, marzo 31, 2005

Gustavo Adolfo Bécquer (1836-70)

Poeta y prosista español cuyo verdadero nombre era Gustavo Adolfo Domínguez Bastida. Su poesía caracterizada por la intimidad y la contención, lo aleja grandemente de sus contemporáneos; figura casi toda en sus Rimas póstumas (1871), que han ejercido decisiva influencia en la literatura posterior. Fue, además, un excelente prosista: Leyendas; Cartas desde mi celda y Cartas Literarias a una mujer, escritas en el monasterio de Veruela.
Para comprenderlo mejor a continuación uno de sus primeros poemas creados entre los años 1848-55...

II Fragmentos de Poemas

¡Cuántas veces también, en la colina
donde te dije adiós, suspensa el alma,
mirar creía con el ardoroso
polvo que mi caballo levantaba!...
Y de mis tristes ojos, conociendo
el engaño, una lágrima brotaba.

Y dudarlo podrás, ¡oh!, cuántas veces,
al tiempo que del sol tras las montañas
se ocultaba la frente, y de los bosques
descendían las sombras enlutadas,
al cantar melancólico del ave
mis ardientes suspiros se juntaban...
¡Oh!, cuántas noches, en sereno vuelo,
el espacio cruzar la plateada
luna veía, y de mis tristes penas,
en mi ilusión, la causa le contaba...
Ella, al par que estos campos silenciosos,
también tu noble frente iluminaba.

¿Quién es la ninfa de inmortal belleza
que al dulce son de la agradable lira,
con célica esbelteza,
danzar el alma arrebatada mira
y entrega al vagaroso
viento la trenza del cabello undoso?
¿Quién es la que la blonda cabellera
de rosa ostenta y de laurel ceñida;
la que hiende ligera
el espacio, y descendida
parece de la altura
su belleza inmortal y su hermosura?

¿Quién es la que, ceñida al blanco velo,
en torno muestra la nevada frente?
¿La que en rápido vuelo
cruza y esbelta entrégale al ambiente,
con grata donosura,
la cándida, flotante vestidura?

Desde la pura celestial morada
del Olimpo parece descendida:
el fuego, en su mirada
de la lumbre inmortal brilla encendida,
y en su mejilla hermosa
el color del jazmín y de la rosa.

Como a orillas del lago cristalino
se doblega la caña silbadora,
su talle, peregrino
se mece, y es la gracia que atesora
ya la presteza tanta,
que apenas toca el suelo con la planta.
El fuego del amor arde en sus ojos,
el carmín de la rosa en sus mejillas
se muestra, y en su rojos
labios divinos de su boca brilla
sonrisa encantadora,
que roba el corazón y lo enamora.

La luna entre las nubes se escondía;
en silenciosa oscuridad el valle
yacía perdido; sólo interrumpía
la profunda quietud que allí reinaba
el viento, que formaba,
en el vecino bosque dilatado,
un ruido manso, lento, compasado...